No llegué a la restauración por casualidad, sino por una forma de mirar.
Siempre me ha costado ver los objetos como algo desechable. Donde otros ven desgaste, yo veo tiempo. Donde hay grietas, hay historia. Y en esa historia, algo que merece ser cuidado, no sustituido.
Trabajo en la conservación y restauración de bienes con una idea muy sencilla: intervenir lo justo, respetar lo que ya existe y comprender antes de actuar. Cada pieza tiene su propio lenguaje, sus materiales, sus heridas… y también sus límites. Mi labor no es imponer, sino escuchar y acompañar.
No creo en soluciones rápidas ni en resultados que borren el paso del tiempo. Creo en procesos honestos, en decisiones meditadas y en técnicas que respetan la esencia de lo que tengo entre manos.
Detrás de cada intervención hay horas de estudio, pruebas y paciencia. Pero también hay algo más difícil de explicar: una cierta responsabilidad. Porque lo que pasa por mis manos no es solo un objeto, sino parte de una memoria que continúa.
Este trabajo no trata de dejar las cosas como nuevas, sino de permitir que sigan existiendo.